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  • 09Jun 2017
    Las lecciones de Ada Miranda

    Ser ejemplo de un estilo de vida más ecológico es lo que guía a esta maestra defensora del ambiente.

    Ada Miranda

    Fuente original: Magacín del El Nuevo Día

    La EPA premió a Ada Miranda Alvarado por su compromiso ambiental. (Jorge Ramírez Portela)

    Olvidó lo que era vivir de manera sustentable. Como tantos, con el tiempo, la educación formal y la modernidad, Ada Miranda Alvarado se acostumbró al aire acondicionado y a la comida procesada tanto como a estirar sus rizos. Si bien nunca dejó de cultivar algunas hierbas y, por otro lado, aprendió a utilizar bambú para hacer velas hasta certificarse como artesana, el afán por el tener la envolvió como un espiral que parecía no tener freno hasta que algo se rompió y todo cambió. Recoger las piezas, reconstruir lo que quedó y volver a encontrar su esencia mientras encaminaba a su hijo John Kennedy Rivera Miranda, la convirtió unos 15 años más tarde en campeona ambiental según lee la inscripción del Environmental Champion Award que le entregó el viernes la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA, por sus siglas en inglés).

    “De donde vengo, donde me crié, fue mi base de sustentabilidad”, afirmó la mujer de 42 años mientras mostraba a Por Dentro los rincones del Poblado de la Central Aguirre en Salinas días antes de viajar a Nueva York a recibir el galardón. Allí, donde aun quedan vestigios de la importante central azucarera que le da nombre a la comunidad, donde una particular arquitectura anglosajona caracteriza los edificios históricos y distingue las casonas hechas para los hacendados de las casas que eran para los peones, donde el ruido y los gases de la Central Termoeléctrica Aguirre compiten por el paisaje con montañas de ceniza de la planta cogeneradora AES, allí se formó Miranda Alvarado.

    “En mi casa se sembraba, no había baño lo que había era una letrina, y obviamente eso de la composta se utilizaba para todo lo que tenía que ver con el fruto. En mi casa criábamos lechones, gallinas, conejos. Por la forma como estaban hechas las casas, que son de cuatro aguas, daba luz durante todo el día, el viento (su flujo de circulación) era perfecto y como las casas estaban levantadas (en pilotes) uno no sentía que recibía ese calor (del suelo). Cuando llovía hacíamos cosecha de agua, la guardábamos y la utilizábamos para el tiempo cuando no llovía”, enumeró. Sin saberlo, la pequeña Ada estaba aprendiendo a hacer de todo con lo mucho o poco que tuviera ante sí. Con los años, se hizo clarinetista, soldado, empresaria, artesana, maestra, chelista y campeona ambiental. 

    La vida en el cañaveral, donde “se levantaban de madrugada porque tenían que evitar el calor” y “si salías un poquito más tarde, olvídate de la zafra”, también le enseñó la importancia de madrugar y llevar una vida estructurada, algo que reforzó durante su carrera militar, la cual comenzó a los 17 años, tras adelantar su cuarto año. Luego de que su madre, que ya era soldado, fuera activada a una operación militar que eventualmente se convirtió en Tormenta del Desierto, ofensiva militar de Estados Unidos contra Irak, decidió seguirle los pasos.

    “Cuando mi clase se estaba graduando de cuarto año, nunca se me olvida, mi silla estaba vacía, mi mamá (que había regresado a casa lesionada) va a recibir todos mis premios, yo estaba (en el ejército) haciendo un hoyo que me llegaba hasta aquí (señala a su pecho) con una palita así (de corta)”, detalló Miranda Alvarado, que todavía siendo parte de la Guardia Nacional de Puerto Rico se casó con un soldado y se mudó a Naranjito, donde conoció al menos tres de sus nuevas pasiones.

    “Tenía mi negocio (de bocinas y alarmas de auto). En tiempos en que el negocio estaba bien flojito un vecino que era maestro y me dice ‘Ada, pero vete a ser maestra’ y empecé”, reveló sobre la primera.

    Había hecho un bachillerato en administración de empresas, pero la directora de la escuela en la que comenzó a trabajar como recurso de la comunidad para ofrecer inglés, una materia de difícil reclutamiento, la convenció de regresar a las aulas y completó una maestría en inglés como segundo idioma. 

    Comenzando el nuevo siglo se convirtió en madre, su mayor orgullo, y con lo aprendido durante un curso de confección de velas que tomó comenzó a utilizar los potes vacíos de ‘baby food’ para hacerlas, hasta que descubrió que podía hacerlas con las cañas del bambú que había frente a su casa; terminó certificándose como artesana. “Compré toda la maquinaria y la usaba en el negocio mientras vendía bocinas”, comentó muerta de la risa.

    El matrimonio Rivera-Miranda llegó a su fin y entonces comenzó la verdadera transformación de esta mujer. “Dije, ¿sabes qué?, yo creo que es el momento de hacer un cambio de estilo de vida. Cambiaron todas mis amistades. Yo vivía esa estructura de ‘mientras más, mejor’. Cambié los sitios que visitaba, empecé a buscar en el periódico cosas que hacer que no tenían que ver con muchas cosas que yo hacía. De eso hace ya 15 años”, recapituló. 
    Hasta dejó de comer carne. La atrajo la filosofía del Naturismo Tropical, promovida por el fenecido doctor Keshava Bhat, a quien conoció en uno de los mercados que celebra dos domingos al mes la Cooperativa Orgánica Madre Tierra en la Urbanización Roosevelt de Hato Rey. Reconocía prácticas que le resultaban familiares y se preguntaba por qué había dejado de hacerlas.

    “Empecé a hacer otra vez ‘camping’, a mirar hacia el cielo, a mirar las constelaciones, aprendí muchas cosas”, reconoció.

    Se había mudado a Salinas en busca de apoyo y tranquilidad, pero comenzó a involucrarse en tantos proyectos que decidió relocalizarse en Lajas, donde aun reside. “Trato de no hacer mucho siempre, pero es bien difícil, y Lajas ha sido clave. Vivo cerca de la Laguna Cartagena, y cuando me doy escapadas, me voy súper temprano a pajarear y a llenarme de energía. Como me levanto de madrugada a cocinar, a hacer ejercicios, a llenar mi alma de (suspira)… ese es el momento de hacer panes. Ese contacto con Lajas me ha venido bien”, agradeció.
    Su nuevo círculo de amistades la llevó a integrarse y a colaborar con organizaciones como Casa Pueblo, Basura Cero, el capítulo de Puerto Rico y el Caribe del US Green Building Council, el programa Generating Replicable Environmental Education Networks in Puerto Rico (GREEN-PR) de la Universidad de Syracuse, el Programa de Escuelas Sustentables de la Corporación para la Sustentabilidad Ambiental (COSUAM), la Asociación de Reciclaje de Puerto Rico (PRRP), Aguas Libres de Basura (afiliada a la EPA), Scuba Dogs Society y la Mesa de Transformación Social Puerto Rico 4.0, entre otras. 

    “De Casa Pueblo me enamoré eternamente. Llevaba a mis estudiantes y luego de que empecé a ir constantemente, me hicieron partícipe y yo era la chica del café. Yo preparaba mi área del café y a todo el mundo le daba”, recordó. Pero eso no fue todo. Se convirtió en guía intérprete del Bosque del Pueblo y el Bosque La Olimpia, donde inspiró el nombre con que se bautizó a una de las veredas.

    “Cuando fuimos a hacer la inauguración del Bosque La Olimpia, Alexis Massol me dice: ‘Ada Miranda tráete el chelo’. Llevo mi chelo, estamos en los preparativos y él me dice: ‘Te vas a sentar aquí, yo voy a empezar a caminar, tú vas a empezar a tocar y donde yo termine de escuchar el chelo, entonces todo ese camino va a ser la Vereda del Chelo. Toca, improvisa, lo que te salga’”, relató. No recuerda qué tocó, no fue música que compusiera, ni que grabara, así que solo Massol, ella y el bosque escucharon aquellas notas.

    Miranda Alvarado, que aprendió a tocar clarinete de niña y en los años 80 fue parte de COPANI (Comité Organizador Panamericanos Instrucción Pública), descubrió que podía tocar chelo estando ya en sus 30 gracias a un novio que también fue quien enseñó a su hijo a tocar violín. Ella terminó siendo parte de la Sinfónica de Mayagüez y John Kennedy hoy día es estudiante becado por música de la Universidad de Puerto Rico en Carolina.

    Con todo esto en su mochila, Miranda Alvarado comenzó a gestar proyectos de reciclaje, composta y huerto en la escuela superior Leonides Morales Rodríguez de Lajas, ganando premios junto a sus alumnos. Stephanie Anderson, de Green-PR y quien la nominó al premio de la EPA, la ayudó a coordinar el año pasado un panel sobre el rol de las mujeres en asuntos ambientales. También inició junto a Basura Cero un proyecto de ‘upcycling’ para transformar uniformes escolares usados en bolsas reusables que planifican vender. Además, ayudó a certificar un hotel como edificio verde impulsando su proyecto de composta, recientemente fue certificada como Promotora Agroecológica Bieké, y gracias a una beca que le otorgó First Bank obtuvo este año la Certificación de Industria de Reciclaje de la Universidad Metropolitana (UMET). 

    Hace dos años Miranda Alvarado incorporó la organización sin fines de lucro Acción Didáctica Ambiental (ADA) con el deseo de ampliar el alcance de sus esfuerzos. Solicitó una licencia al Departamento de Educación para dedicar el próximo año a desarrollar esta y otras iniciativas, planes que espera cobren más fuerza tras la otorgación del premio y para los que tiene el apoyo de su madre y su pareja.

    “Quiero enseñarle a la gente a vivir con lo que tienen, que cualquier espacio no es pequeño si quieren tener su huerto, orientarlos, llevarlos, a cualquier edad”, expresó la educadora, que carga con diversos proyectos de reuso y reciclaje hechos por sus estudiantes y que luego le regalan. Durante esta entrevista lucía un conjunto de collar y pantallas hechos por una alumna utilizando semillas, y adelantó que al recibir su premio el pasado viernes en Nueva York vestiría uno hecho por otra alumna con plástico verde. Y como esos, hay muchos otros que tienen potencial comercial y empresarial, algo que la motiva sobremanera.

    “Tengo un estudiante que me dijo que quizá le van a dar un premio de empresario joven porque gracias a lo que ha visto en mí le hizo a su papá comprarle una finca. ¡¿Tú sabes lo que es eso?! Los papás me ‘acusan’: ‘Por culpa tuya ya mi hijo no come carne’, ‘por culpa tuya me tiene un reguero de tierra haciendo un huerto’, y esas son las culpas que a mí me gustan”.

    Poder a la gente

    Ante los cambios de filosofía del presidente estadounidense Donald Trump y el polémico reemplazo de altos mandos en la Agencia federal de Protección Ambiental (EPA), se hace más necesaria la acción ciudadana según el modo de ver de Ada Miranda Alvarado. Su propuesta fue clara: dar poder a las comunidades organizadas. “Las agencias tienen que crear acuerdos colaborativos comunitarios reales, que nos den ese poder y nos ayuden a que seamos ese enlace directo con la agencia”. “Si en Puerto Rico -encima de todo lo que está pasando- la EPA nos recorta fondos, obviamente se va a formar un caos, una crisis, pero en esta Isla también tenemos que reconocer el trabajo voluntario porque sin el trabajo voluntario ninguna agencia puede funcionar”. La educadora galardonada con el premio Campeona Ambiental de la EPA prevé que los crímenes ambientales continuarán, incluso a mayor escala, “así que esa parte nos toca a los voluntarios, seguir trabajando, pero más alerta”.

  • 30May 2017
    Mis Espacios Públicos

    Espacios que cobran vida

    Mis Espacios Públicos

    La iniciativa Mis espacios públicos, que trabajan en alianza la Fundación Ángel Ramos y el Sistema Educativo Ana G. Méndez, colabora con comunidades sanjuaneras en el proceso de retomar y remozar áreas comunes, además de procurarles una futura vida provechosa.

    Por Tatiana Pérez Rivera :: Oenegé

    Fuente original: Fundación Ángel Ramos

    La frase “manos a la obra” solo significa una cosa: hagamos. En este caso parece ser la punta de lanza del proyecto Mis espacios públicos, que impulsa a que comunidades puedan cumplir sus deseos de remozar áreas comunes abandonadas para revitalizar su uso. Entre algunos beneficios que resultan de la transformación de estos espacios públicos están el fortalecimiento de los lazos comunitarios, el aumento en oportunidades de emprendimiento social y económico, así como una mayor seguridad y mejor salud, tanto física como mental.

    “Mis espacios públicos es gestado por la Fundación Ángel Ramos a raíz de una invitación que le hicieron de Agenda Ciudadana para colaborar con algunos de sus puntos de enfoque. La fundación decide trabajar con la educación ambiental y ahí comienza el proyecto. Me reclutan para trabajar la coordinación y reclutan, en alianza, al Sistema Universitario Ana G. Méndez desde la perspectiva de educación. Me atrajo la posibilidad de tratar el tema ambiental enfocado en el apoderamiento ciudadano de los espacios públicos”, explica la arquitecta Rebeca Vicens, coordinadora del proyecto.

    Mis Espacios Públicos

    Pedro Adorno es el artista residente de la Universidad Metropolitana y en este proyecto lideró el proceso de diseño y pintura del mural del centro comunal de Cupey Bajo en colaboración con estudiantes de la institución y líderes de la comunidad Cupey Bajo. Foto / Juan Carlos Álvarez Lara

    La idea de que los espacios comunes son únicamente responsabilidad del Estado es derrotada con este proyecto que las comunidades reciben “súper bien”, según destaca Vicens, “porque ya ellos trabajaban proyectos de rescate público en sus comunidades. Nosotros apoyamos sus esfuerzos”, dice sobre la obra en Cupey Bajo y Las Curías.

    Mis Espacios Públicos

    El trabajo del mural fue tomado con entusiasmo tanto por alumnos como por residentes. Foto / Ana María Abruña

    El apoyo llega con un donativo de $10 mil por parte de FAR para la compra de materiales de construcción y un contingente de estudiantes universitarios que tienen la oportunidad de poner en práctica conocimientos en distintas áreas.

    Mis Espacios Públicos

    La planificación estratégica de las obras fue trabajada siempre en conjunto, fomentando el intercambio de conocimientos y experiencia.Foto / Juan Carlos Alvarez Lara

    “Mis Espacios Públicos tiene dos componentes principales: educación y acción comunitaria. El objetivo es crear un banco de voluntarios de jóvenes universitarios que, desde sus disciplinas, apoye esfuerzos comunitarios y del Tercer Sector dirigidos a mejorar el entorno físico que todos compartimos. Para lograrlo, durante los pasados dos años se ha trabajado un proyecto piloto en colaboración con la Universidad Metropolitana (UMET) y la Universidad del Turabo, ambas parte del SUAGM”, explica Vicens.

    Mis Espacios Públicos

    Acción en el Centro Comunal de Cupey Bajo. Foto / Ana María Abruña

    Los estudiantes universitarios han asistido a las comunidades en las diferentes etapas del rescate de los espacios. Primero fue la identificación de necesidades y expectativas para estos, fase que transcurrió de agosto a diciembre 2015. El diseño de mejoras físicas se trabajó entre abril y mayo del 2016 y la construcción entre octubre del 2016 y mayo de 2017.

    Vicens pone como ejemplo que el diseño esquemático de las mejoras físicas fue trabajado a través de un curso de diseño del Bachillerato de Arquitectura Paisajista que ofrece la Escuela Internacional de Diseño y Arquitectura de la Universidad del Turabo.

    Además, como parte del apoyo ofrecido por la Fundación Ángel Ramos, se contrató a la organización sin fines de lucro La Maraña, la cual ofreció coaching a los estudiantes que asistieron a las comunidades en la identificación de necesidades y expectativas para los espacios rescatados. La asesoría se centró en aspectos relacionados al diseño participativo.

    ACTIVADA LA COMUNIDAD

    En Cupey Bajo, Vicens cuenta que la comunidad había retomado el centro comunal y Mis espacios públicos colaboró con su desarrollo. “También trabajaron el rescate de la cancha de baloncesto bajo techo y del parque de pelota; con el Municipio de San Juan habían gestionado la construcción de una pista para caminar. Tienen todas esas instalaciones comunitarias deportivas que querían remozar para hacer actividades comunitarias en todas ellas”, señala la coordinadora del proyecto.

    Mis Espacios Públicos

    En Las Curías el trabajo parecía no acabar. Foto / Ana María Abruña

    De otra parte, en Las Curías se había completado la construcción de un paseo lineal en colaboración con el Municipio de San Juan. “Tienen un gimnasio comunitario, un centro comunal, una cancha de baloncesto bajo techo y diferentes programas que llevan a cabo en estas instalaciones. Quedó un espacio remanente al construir el paseo lineal así que querían hacer algo allí; un parque pasivo donde estudiantes y adultos pudieran estudiar y estar”, sostiene.

    “Eso es lo que se desea, que este sea un modelo a emular. A mí me parece maravilloso cuando se da y el resultado es positivo para ambas partes”.

    La arquitecta indica que Mis espacios públicos ordena los esfuerzos de la comunidad y los ayuda “a llevar a cabo esa idea que tenían”. “Además del aspecto de construcción, los estudiantes de Negocios de la UMET ayudan a diseñar un plan estratégico de administración y operación de espacios. Así ambas partes se nutren de los conocimientos compartidos y los estudiantes hacen trabajo en la vida real”.

    Presenciar cómo esas dos fuerzas trabajan juntas –la comunidad y los estudiantes- es uno de los privilegios que concede el proyecto. “Eso es lo que se desea, que este sea un modelo a emular. A mí me parece maravilloso cuando se da y el resultado es positivo para ambas partes”.

    Mis Espacios Públicos

    Las comunidades decidieron sacar provecho de sus espacios públicos. Foto / Ana María Abruña

    Si bien la UMET ya acabó su proceso de asesoría, continuará laborando con ambas comunidades -ya que son vecinas a su recinto ubicado en Cupey- asesorándolos en aspectos programáticos y administrativos “para que esos espacios se mantengan ocupados y en buen uso”.

    Dado el éxito del proyecto piloto, la Fundación Ángel Ramos está en el proceso de identificar organizaciones sin fines de lucro con potencial de aportar a la causa para establecer alianzas con el SUAGM.

    “Cuando eso pase, arrancarán nuevos proyectos”, promete la arquitecta Vicens.

    Las manos no paran de obrar.

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